tiempo femenino

 

Bordar, coser, tejer, dibujar tejidos (una de mis obsesiones). Imposible no pensar en Penélope tejiendo en su telar por el día, y deshaciendo lo hecho por las noches, a la espera de Ulises. Imposible no pensar en las varias labores domésticas que se hacen una y otra vez, y se deshacen una y otra vez. Lavar y ensuciar y volver a lavar, planchar y arrugar y volver a planchar, coser y descoser y volver a coser…

No soy como Penélope, no deshago mi tejido, pero éste, como el de ella, no tiene un fin útil, no va a abrigar a nadie. Ni su trabajo ni el mío tienen resultados prácticos.

En la mitología griega (y romana), aparecen otras mujeres tejedoras, las moiras (o parcas). Son tres, Cloto da la vida, urde el telar; Láquesis decide la duración y el destino de cada persona, teje la trama; Átropo, la inflexible, corta el hilo de la vida en el momento apropiado. Tejen y vuelven a tejer, un telar por cada persona, muchos telares por cada pueblo. La vida de una persona es simbolizada por un tejido. La vida, esa sucesión de ahoras de cada uno, es metaforizada en el tejido.

Tejer, tradicionalmente, en diversas épocas y en diversas culturas, está asignado a la mujer, es labor femenina. Es labor para hacer en la casa. Es la labor de la araña. Es el pasatiempo de algunas.

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La vida femenina, así como el cuerpo femenino, tienden a las actividades cíclicas, a sentir el tiempo de manera cíclica. La mujer, culturalmente, se hace cargo de las rutinas diarias de la casa, de todo aquello que se repite una y otra vez, de todo aquello que cada día vuelve a empezar. Su cuerpo, biológicamente, le hace sentir el ciclo, una vez cada veintiocho días se comienza de nuevo.

El tiempo femenino cambia, pero cambia dentro de los similares ciclos que comienzan, acaban y vuelven a comenzar. Cada ciclo se diferencia levemente del anterior, allí está el cambio.

Es diferente del tiempo masculino, que siempre avanza, siempre con proyectos y metas que alcanzar, siempre con fines claros y determinados. El tiempo en el que se mueve el hombre se define linealmente, mientras que el tiempo femenino se define cíclicamente.

Todos, tanto hombres como mujeres, podemos funcionar en esas dos formas diferentes de tiempo, todos podemos vivir bajo la circularidad o la linealidad del tiempo; seguramente convivimos con ambas formas dependiendo de las circunstancias, de los momentos y las acciones. Son formas diferentes de enfrentarse con la realidad, formas de existir y de crear cultura.

La psicoanalista y filósofa búlgara Julia Kristeva explica que la subjetividad femenina tiene una medida especial, propia, para el tiempo que pasa, una medida que plantea a la vez repetición y eternidad.

Primero estarían los ciclos, la gestación y el regreso continuo del ritmo biológico, la repetición. Luego, estaría la invasora presencia de la temporalidad monumental, sin escape. Esa sensación de que el tiempo pasa lentamente, siempre igual, nunca distinto, así como una pareja y monótona eternidad.

Kristeva detalla que esta forma de concebir el tiempo femeninamente, es, también, la forma de hacerlo en algunas civilizaciones no occidentales y en algunas experiencias, particularmente en las experiencias místicas.

Como les contaba en el post anterior, el sentir el tiempo, su duración, es clave en mi forma de ver, hacer y vivir las cosas.

Si miramos la duración en su pequeñez, nos encontramos con esa repetición, con ese volver de cada ahora. Si nos detenemos en el tejido mismo, nos encontramos con que cada punto vuelve una y otra vez, se repiten los puntos, se repiten los ahoras.

Si miramos la duración en su inmensidad, nos encontramos con esa eternidad, con ese nunca acabar. En el mismo tejido, si nos detenemos en la totalidad, nos encontramos con esa repetición que se vuelve eterna, que no quiere nunca acabar, que quiere seguir repitiendo por siempre, hasta el infinito. Querer coser, bordar y tejer sin parar.

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1 Comment

  1. Gracia Vial

    Buenisimo el Post!
    Que importante resulta vivir en la constante presencia del ahora. Que reto y que dificil resulta.
    Muchas gracias Augusta.

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