Rituales y vida cotidiana

imagen de @bosquetro

La vida cotidiana es el refugio seguro, el lugar propio, de todos los días, es el punto de partida para luego relacionarnos con el mundo. Es el lugar donde «el hombre domestica el hecho de vivir», según el sociólogo y antropólogo David Le Bretón (1995)

Este espacio propio está lleno de rutinas, tanto para hombres como para mujeres, que aportan esa seguridad. «Es el lugar en el que se siente protegido dentro de una trama sólida de hábitos y rutinas que se fue creando en el transcurso del tiempo, de recorridos conocidos, rodeado por caras familiares» (Le Bretón)

Hábitos y rutinas se vuelven prácticamente rituales, marcados por gestos y sensaciones casi idénticas cada vez que se hacen. En ellos descansamos, olvidamos el pensamiento y repetimos lo mismo que hicimos ayer: me pongo el pijama, me lavo las manos, los dientes y luego la cara, me seco con la toalla verde, apago la luz del baño, entro a la pieza, me meto en la cama y apago la luz… todos los días lo mismo.

Así, descansamos del estado de alerta, de conciencia plena de lo que estamos haciendo, se nos alivia del gran esfuerzo de vigilancia que significan aquellos actos desconocidos que realizamos por primera vez.

Son esos rituales cotidianos los que nos hacen creer que todos los días son muy similares, pero a la vez son ellos mismos los que, con sus pequeñas variaciones, nos hacen comprobar que el tiempo pasa y que hoy es un día distinto al de ayer.

«En la base de todos estos rituales hay un orden preciso del cuerpo. Un orden al mismo tiempo siempre idéntico y siempre, insensiblemente, diferente» (Le Bretón)

El cuerpo siempre está presente para nosotros, siempre bajo el mismo ángulo. Si vuelvo la cabeza hacia atrás, por encima de mi hombro izquierdo, siempre veré la misma porción de cuerpo y desde el mismo ángulo.

En los rituales cotidianos, mi cuerpo siempre, o casi siempre, toma una misma posición: se vuelve invisible «borrado por la repetición incansable de las mismas situaciones y la familiaridad de las percepciones sensoriales» (Le Bretón). Al cuerpo lo olvidamos, a no ser que tenga algún comportamiento extraño, como el cansancio o algún dolor.

Así como descansamos del estado de alerta, también lo hacemos con respecto al cuerpo.

En condiciones habituales el cuerpo se vuelve transparente, es ignorado. Es que al vivir en medio de estos rituales casi automáticos los esfuerzos se hacen inconscientes, desaparecen las situaciones anómalas para el cuerpo, éste conoce lo que hace, lo ha hecho un montón de veces. Sólo hay paréntesis en esta cotidianeidad para cuidar el cuerpo, como quien revisa y repara a una máquina, se lo alimenta, ejercita y embellece.

En mi trabajo no se trata de borrar el cuerpo, sino por el contrario, hacer un paréntesis, distinto al de cuidar su aspecto. Un paréntesis que responde a sentirlo, a sentir cada una de las partes del cuerpo y sus posiciones mientras dibujo, tejo o bordo. Se trata, además, de sentir cada segundo que pasa a través del cuerpo, y de cómo, mientras más repito la acción, más notoria se hace la presencia de mi cuerpo para mí.

Tomar una acción cotidiana: rayar, tejer, escribir, dibujar… y a través de ella, sentir otras cosas y superar su naturaleza cotidiana para entrar en otro ámbito.

Aprovechemos estos momentos de desconexión de la vida diaria, de la velocidad con que transcurren los hechos en nuestra sociedad. Paremos, pongamos atención al quehacer, cómo nos sentimos, cómo está nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestras energías. Démonos espacios y tiempos personales.

*La bella y metafórica ilustración fue hecha especialmente por mi amiga, bordadora e ilustradora Ignacia Ossandon. pueden ver su trabajo en instagram @bosquetro

 

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