Corazón Crafter: Fran Feuerhake

En un lindo día soleado de septiembre, nos dirigimos una mañana a la casa de Fran Feuerhake (27), la bomba creativa y multifacética detrás de la Vieja Cuica y la Catita. Y es que el año pasado ambos personajes arrasaron las redes sociales, la palestra web nacional y todo lo que tocaba a su camino. La gente quería y exigía más.

Fue el primer acercamiento que tuvimos al ojo minucioso de la Fran: su capacidad de transformar en imagen mediante su rico mundo narrativo, que reduce la esencia de prácticamente todo lo que la rodea. Actualmente, se encuentra trabajando en su primera novela, escribe guiones, corrige libros para una editorial, dibuja todo lo que se le antoja y además –aunque ella es muy autocrítica con respecto a esto–, borda increíble.

Nos recibe con el Charlie en sus brazos, el westie guagua que hace poco forma parte de su familia. Entramos a una sala iluminada donde abundan libros y cerámicas hechas por ella –ya veo algunas que me gustaría llevarme a mi casa. De inmediato sentimos que no sólo nos abre la puerta de su casa, pues pareciera ser que entramos a un mini museo de todas las cosas, ideas y pinturas que produce y desarrolla en la intimidad de la misma.

Nos acompañamos de té y café para conversar, mientras Charlie muerde con sus dientes chicos todo lo que encuentra. Cuando le pregunto cómo influye su historia en lo que hace hoy, recorre lo que fue su niñez y lo importante que fueron sus papás para el desarrollo de esa mente creativa inquieta e irreverente:

“Mi mamá me leyó cuentos y también los inventó cada noche para hacerme dormir. Me leía Margarita Debayle de Rubén Darío y a mi me daba una pena terrible, pero era una pena rica, porque era contenida, en mi cama, sin frío ni calor, con mi mamá al lado.

Fui muy feliz cuando niña, me sentía muy querida. Eso me dio una seguridad enorme para sentir que podía expresarme escribiendo, y desde chica escribía cartas para mis hermanos y mis amigas. Era muy engrupida y usaba palabras que no conocía bien, escribía cosas en inglés para imitar a mis primas que venían de colegio gringo para hacerme la bacán. Nadie me hizo sentir tonta ni ridícula por eso, entonces seguí haciéndolo hasta que yo misma me iba censurando.

Por otro lado, haber visto a mi papá consumir libros de manera casi compulsiva influyó. Leía tanto, que me hacía pensar que algo bueno debía estar pasando ahí. Yo admiraba mucho esa capacidad de leer rápido y entender todas las palabras.

Sobretodo envidiaba la cantidad de imágenes e historias que tenía mi papá en su cabeza después de haber leído tanto: yo sentía que mi cabeza estaba llena de cosas contingentes que me pasaban a mi muy de cerca, y me aburría. Necesitaba una puerta de escape y conocer otras vidas.”

Fue así como a medida que creció, cambió la tele por los libros, atesorando cada frase que le hacía sentido e interpelara de alguna forma, y decidió estudiar Letras. Durante la universidad también conoció a Javier, su marido, quien le regaló sus primeros materiales para bordar punto cruz cuando estaba embarazada.

Las plantillas y los colores previamente determinados no eran lo suyo, así que sus materiales quedaron esperando en su bolso para futuras investigaciones. La técnica del bordado era un oficio que le recordaba a su paso por el colegio de niñas, donde su profesora siempre la retaba por el revés y obligaba a desarmar cuando los puntos no quedaban perfectamente confeccionados:

“Nos ponían notas por puras estupideces: orden, revés del bordado, limpieza, etc, entonces jamás se me ocurrió que podían existir personas que usaran hilos y textiles para hacer arte de manera más libre y autodidacta.

En el colegio había aprendido a ver todo lo cosido, lo bordado y lo tejido como una solución práctica a problemas domésticos y de vestimenta, así que cuando conocí la obra textil de la Violeta Parra fue una revelación, pensé ‘ah! se puede jugar con esto!’ ”.

Así comenzó a desarrollar su intuición y dejar de lado las frustraciones relacionadas a perfeccionismos heredados y utilitarios. Comenzó a bordar lo que quería, a partir de las texturas y volúmenes capaces de crear con sus materiales (hilos de bordar o de costura, lanas, chiches que compraba en Rosas, etc). Todo material tenía potencial, al igual que su personal estilo para hacer las cosas.

Sus dibujos emigraron a nuevos soportes y soluciones visuales, basadas principalmente en grosores espesos y formatos que exceden la escala de cualquier bastidor de bordado tradicional. Vetas y direcciones que surgen de la experimentación misma con el material, y soportes utilizados muchas veces para otras técnicas.

Y es que ese desorden natural que manifiesta la espontaneidad del gesto hacen que los bordados, dibujos y cerámicas de la Fran sean únicas. Se trata de aprender las reglas para romperlas, aprender las técnicas para encontrar el gusto por el quehacer artístico mucho más allá de un patrón repetible. Se trata de dar sentido a aquello que estamos trabajando, algo que la Fran identifica cada vez que parte un nuevo proyecto textil:

“Miro mucho rato la tela primero. Pienso mucho rato en qué figura realmente quiero hacer. Estoy muy consciente de que estaré muchísimo rato bordando, entonces tengo que tomar una decisión a conciencia porque si elijo bordar una mano gigante de un solo color, probablemente me aburriré y abandonaré el proyecto.

Luego, hago un dibujo sobre la tela, y ese dibujo probablemente va a ir cambiando y me va a quedar muchísimo peor de lo que me imaginé, pero no me pongo de mal humor porque siento que el bordado no es lo mío y que nadie me va evaluar. Estoy tranquila y es un espacio de juego, ensayo y error.

(…) En el colegio no entendía a mis compañeras preciosistas que sacaban la hoja de cuajo cuando se equivocaban en una palabra. Yo hacía una raya y ya está, qué tanto. Me parece que es precioso cuando los errores están a la vista de alguna manera, creo que le entrega al trabajo algo muy personal, le agrega valor, y uno puede ver un atisbo del artista.

El error en el arte te saca del ensueño loco y de la idealización que a veces puede ser traicionera. Es bueno darse cuenta de que hay un ser humano de carne y hueso haciendo ese trabajo y que quizás en ese momento algo lo distrajo, algo le dijeron, algo terrible o inmensamente feliz pasó que hizo que se equivocara. Además creo que lo perfecto es enemigo de lo bueno, y si esperamos a hacer cosas impecables no mostraríamos nada nunca.

Esa capacidad de tomar riesgos sin importar el resultado o proyección de lo que se está haciendo, de lo que se está creando. Finalmente, esos detalles humanizan y ahí esta el quid del asunto con esta chiquilla.

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+ Fotografía, video y postproducción: Valentina Bird
+ Entrevista y texto: Jo Jiménez
+ Canción: "Just a Gigolo" de Louis Prima, cover de Josefina y Perez-Garcia

1 Comment

  1. Muy buena la entrevista
    Interesante la entrevistada y la entrevistadora
    Felicitaciones

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