Güatita contenta, corazón lleno          

Por Javiera Sanchez // Siempre me ha gustado cocinar. Me acuerdo perfectamente cuando era chica, encerrada en la cocina inventando unas recetas que solo el valiente de mi padre se atrevía a probar. Miedo. Generalmente eran preparaciones a la olla, porque no sabía prender el horno. Muchas veces les echaba plantas y flores, porque pensaba que era lindo. Quién sabe la fauna de bichos que se comió mi papá.

A medida que fui creciendo empecé a perder el interés por la cocina, solo porque era demasiado teenager y rockera como para cocinar. Pero en el fondo, me encantaba y hacía engordar a todos mis pololos sin querer. Ya con más años en el cuerpo, más dolores de la vida, responsabilidades y otras cosas de grandes, empecé a sentirme muy mal del estómago. Derrepente me transformé en un ratón de laboratorio, y me diagnosticaron una enfermedad autoinmune que la verdad, hasta el día de hoy nadie sabe qué es (y no quiero saber así que ni me pregunten).

El tema es que decidí sanarme sola, fin. No más remedios, no más reembolsos en la isapre, no más sentir mis órganos todo el día (¿o acaso usted siente su médula? ¡No pue!). No quiero sentirlos (por eso están debajo de la piel, obvio), quiero sentirme ligera, bien, cosas buenas andar positiva. Así que decidí cambiar mi dieta radicalmente, a juicio de muchos que creen que esas cosas no están comprobadas y todo ese discurso. Pero la verdad es que estaba convencida de que al igual que como las guaguas aprenden a caminar, uno puede reeducar a su cuerpo y  su mente. Para eso, había que empezar de cero, dejar de comer básicamente todo menos arroz y manzana cocida. Listo, lo hice y poco a poco empecé a incorporar otros ingredientes y a convencerme de que yo misma tenía que cocinar mi comida, mi pan, mis quequitos, etc. Un día empecé a sentir el pequeño efecto de que algo no dolía tanto, de que me sentía mejor y hasta me puse más simpática.

Han pasado años de eso, cocino prácticamente todo lo que como. Obvio que hago excepciones de manera bastante frecuente. Me gusta tomar harto, y a veces me encanta comer completos (sobre todo después de tomar harto). Pero mi alimentación basal es totalmente “purista” y siento que eso me ha empoderado incluso como persona. Las críticas llueven, que uno se pone media amish, los amigos de las parejas que he tenido siempre me hacen bullying cuando se juntan y dicen que la Javi lleva: “quesos hechos por vírgenes del amazonas jamás tocados por un carnívoro” y ese tipo de comentarios. Otros lo llevan a la dieta: “es que esa siempre anda a dieta para ser flaca”. Eso pasa y mucho, pero cada día me importa menos.

Hace un tiempo me inscribí en un club de bordado, porque sentí la necesidad de explorar mi creatividad y también, pensé que era una manera de poder conocer a otras personas con un lado artístico más desarrollado, más abiertas de mente. Conocí a la Trini y la Fran, y me enseñaron a volver a creer en el poder creador de mis manos. Estaban prohibidos los “me quedó feo” o “no puedo”, lejos eso era lo más importante. En segundo lugar, se trataba de bordar libremente, dejar que se te suelte la mano y con eso también quedan embarradas, puntos mal hechos, hilos pescados, combinaciones horrorosas. Pero estaba prohibido retroceder, como los canguros. Y de repente me empecé a sentir súperpoderosa, súper clara con mis ideas, valiosa, como un ser humano con potencial de creación (es que no sé si quiero tener hijos tampoco, así que ese argumento no sería válido para mí) y empecé a cocinar más.

Por esas cosas de la vida, me hice amiga de las chicas de otra clase. Caí como tetrix con esas jugadas de megapuntos que explota todo, puntaje infinito. Le di en el clavo y conocí a unas súpermujeres, que cada vez que las veo salgo como drogada de endorfinas. Llegar al club que autodenominamos “Bordao en llamas” es terapéutico. Cada una le dice a la otra lo linda que está, lo rico que le quedó su postre, lo lindo que está su bordao, solamente falta que salgan arcoíris y ponys del techo. Y no, no hablamos de hombres solamente, ni pelamos a nadie. Hablamos de nuestros proyectos, de nuestras experiencias unas como mamá, otras de la pega, y sí también de hombres cuando es interesante la historia (que valga la pena). Y de verdad, no he conocido mejores mujeres, talentosas, estupendas, inteligentes y sobre todo buenas, muy buenas. Por eso me dan ganas de cocinarles cosas que les hagan bien, de ponerme mi mejor pinta para verlas, sorprender y quererlas con harta intensidad. Por eso ayer, a la Trini y su guagüita que viene en camino, y todos mis otros amores, quise hacerles esta torta. Y obvio, compartirla con ustedes para ponerle play a otro circulo virtuoso de amor, de dar cosas buenas y estar preparado para recibirlas de vuelta.

 

Torta Honolulu

Para la masa:

4 tazas de almendras

4 taza de dátiles

2 cucharadas de aceite de coco

El interior de una vaina de vainilla

Para el relleno:

1 tarro de leche de coco (lo más natural que tengan)

Dos tazas de coco rallado (sin azúcar)

1 taza de castaña de cajú crudas (activadas en agua 12 horas)

Miel de dátiles a gusto (depende de cuán dulce quieran en relleno pueden partir de ¾ de taza)

Dos cucharadas de aceite de coco

Para la cobertura:

Dos paltas (no tan maduras, pero blandas)

½ taza de cacao crudo bitter (ojalá sin azúcar)

½ taza de dátiles

Dos cucharadas de aceite de coco

Esencia a elección (yo usé de mi vainilla, pero puede ser coco o cáscara de naranja)

 

Preparación:

Procesar las almendras y los dátiles hasta que quede una masa manejable, que no se pegue en los dedos. Agregar a esa masa el aceite de coco y vanilla. Estirar sobre un molde de silicona u otro material, si es así con plástico que actué como antiadherente (sino será una gran frustración). Sobre el molde estirar la mitad de la masa, luego cubrir con papel plástico y estirar el resto de la masa. Refrigerar.

Para el relleno, batir la leche de coco con una batidora  y agregar el aceite de coco, luego la miel de dátiles. Procesar las castañas hasta tener una pasta y agregar a la mezcla. Posteriormente, con una cuchara de palo agregar de manera envolvente el coco rallado. Refrigerar.

Luego, para la cobertura procesar todos los ingredientes con una minipimer hasta tener una salsa de consistencia tipo mousse, y brillante.

Para el armado, en un molde con bordes (poner con plástico antiadherente si no es de silicona) poner una capa de la masa previamente refrigerada, sobre esto cubrir con miel de dátiles (poca cantidad) y sobre eso agregar la mezcla de coco de manera abundante, luego cerrar con la segunda capa de masa. Agregar el resto de la mezcla de coco sobre la torta armada y llevar al freezer 4 horas aprox. Hasta que la superficie de crema de coco esté dura. Para cubrir, usar una espátula con el mousse de chocolate por arriba y todo el rededor de la torta. Para terminar, decorar con algo bonito J

 

 

 

 

Category:Bordao

Me encanta todo lo cosido, bordado y tejido. Bordo mucho y me gusta compartir y enseñar mi manera de entender el bordado como una herramienta de expresión creativa. Soy artista y me interesa el desarrollo de la creatividad tanto en mí como en los que me rodean.

4 Comments

  1. Me encanto la receta!
    Que rico se ve todo y que cierto es que la alimentación es la base de la buena salud (y vida!). Hoy estamos llenos de remedios que combaten sintomas en vez de atacar las enfermedades de raiz… Me encanta esta revolución alimenticia y me quiero unir!

    Muchas gracias por compartir!

    • Gracias! Cada uno conocer mejor su organismo que cualquier otro, hay que fomentar el autoconocimiento y leer las señales del cuerpo, ojalá dándole lo que necesita con amor y conociendo los ingredientes que vamos a comer. Así que a cocinar esta revolución de la comida 😊

  2. Pilar Alarcón

    Hola Javi!!! Tanto tiempo… te felicito por todos los cambios hechos. Seca!!! Qué bueno que te sientas mejor y estés disfrutando de la cocina. Un abrazo grande!!!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *